Alexander Schimmeck at upsplash.com. Graffiti at Fernando Márquez de La Plata 194-130, Providencia, Chile.

(Spanish translation below)

Often when I discuss my research on car theft in Chile with someone the conversation gets to a point where we use a word that evokes quantification; that car thefts “increasing” or “decreasing” becomes the dominant vocabulary of the conversation. Eager to know what the real situation is, looking for the “hard data” as opposed to the anecdotal and biased information delivered by the media and the authorities, my interlocutors and I evoke numbers assuming that these will, at least, allow us to reach a shared diagnosis of the seriousness of these crimes. Seeking to turn hard data into a fact about car theft—separating it from our emotions and perceptions—we try to turn the figures we have into solid evidence of the seriousness of crime. Following the modern logics of facticity production (Poovey 1998), we resort to a numerical representation.

The outcome of these conversations tends to be disastrous. The only thing that ends up being shared is a collective shrug in which both participants recognize that, despite the existence of many figures about the topic at hand, there is none that allows us to establish a clear diagnosis about car theft in Chile. My interlocutors look puzzled when I tell them that, if one analyzes the most reliable, comparable, and systematic statistics available in the country (police cases and victim surveys), there is no sustained increase in the theft of motor vehicles. Demonstrating an increase in theft actually depends on the period being compared, and on the confidence that one has in, administrative categories, which are applied by police agents on duty and are unstable by definition. "Did you know that you are more likely to be scammed, assaulted by a member of your own family, or threatened than having your car stolen?" I add, provocatively. In addition, evoking what some specialists in the calculation of vehicle theft rates have said (Brill 1982), I explain that the increase in the absolute number of car thefts is due to the fact that there are more cars on the road, and that any statistical analysis has to be carried out taking this fact into account.

Faced with this display of sociological erudition, my interlocutors look at me with confusion and disbelief. My efforts to convince them (or to surprise them, at least) that vehicle theft is not such a common crime are met with bewilderment, and even with disdain. In other words, they don’t believe me. The analysis I offer is technically more rigorous than that of many stories in the press that, resorting to different categories, observation scales, and periods of comparison, insist on using statistics to show a “security crisis” that they already take as fact. And yet, despite my attempts to incorporate information that could, perhaps, make them suspend their convictions for a second, it fails to mitigate their fear of their car being stolen. After talking about institutions, numbers, calculation methods, timeframes and articles of the Criminal Code—“are we talking about a theft of something on the public road, a robbery with violence or intimidation, or the new category of motor vehicle theft?” —I realize that my efforts will not be able to make my interlocutors doubt the sustained increase in vehicle theft.

Moreover, judging by my own behavior when I drive a car through dark and lonely places in Santiago, I don't believe myself either, nor my own data. What if, this time, I am the victim of those quantitatively marginal—but not impossible—car thefts? What if, even though violent vehicle theft makes up only a fraction of total vehicle thefts, this time it is my turn to be the victim? Paradoxically, the only evidence to which we end up surrendering in these conversations is that of insecurity and crime as “second-hand non-experiences” (Seltzer 2004), that is, as phenomena that gain facticity because we share with others that it has not happened to us. When we talk about crime, Seltzer (2004) tells us that it is not about communicating information about it, but about communicating that we, with another person, share the same lack of information. In the same way that a very real symbol of support for Puerto Rico's independence is born from the fictional invasion of a fictional town (see Emily A. Maguire’s essay in this series), and in the same way that Eduardo Romero Dianderas cannot rely on the perfect import and export figures for a certain type of wood in Peru (see Eduardo Romero Dianderas’s essay in this series), the reference to the figures on vehicle theft—the “hard data”—has less to do with the reality of the production of official statistics, or their technical quality, than with the possibility of evoking the same common perplexity in this regard. In this sense, “hard data” seems particularly effective in producing “soft facts” regarding insecurity and crime. Or, in the vocabulary of this series, facts that “never walk alone.”

This series, "Necessary but Never Sufficient: Rethinking Facts from Latin America," is an extension of the conversation, "The Future of Facts in Latin America," first published as a thematic cluster in Tapuya, volume 7 (2024).

Datos duros, ¿hechos blandos?

Translated by José Miguel Neira.

A menudo, comentando con alguien mi investigación sobre el robo de automóviles en Chile, llegamos a un inevitable punto en el que usamos alguna palabra que evoca cuantificación; que los robos de autos “aumenten” o “disminuyan” se vuelve el vocabulario dominante de la conversación. Ávidos por saber cuál es la situación real, el “dato duro” en oposición a la información anecdótica e intencionada que entregarían los medios de comunicación y las autoridades, mis interlocutores y yo evocamos cifras suponiendo que éstas nos permitirán, por fin, llegar a un diagnóstico compartido de la gravedad de estos delitos. Buscando volver el dato duro un hecho sobre el robo de automóviles – separándolo de nuestras emociones y percepciones – intentamos hacer que las cifras de las que disponemos se transformen en pruebas sólidas de la gravedad de la delincuencia en el país. Siguiendo las lógicas modernas de producción de facticidad (Poovey 1998), recurrimos a la representación numérica.

El resultado de estas conversaciones es, generalmente, desastroso. En ellas, lo único que termina siendo compartido es un común encogimiento de hombros en el que ambos participantes reconocemos que, a pesar de la existencia de muchas cifras al respecto, no hay ninguna que nos permita establecer, con la definitud que tan desesperadamente buscamos, un diagnóstico claro sobre el robo de automóviles en Chile. Cuando les digo a mis interlocutores que, si uno hace un análisis de las estadísticas más confiables, comparables y sistemáticas de las que se dispone para el país – casos policiales y encuestas de victimización –, no se puede sostener que exista un aumento tan sostenido del robo de vehículos motorizados, que en realidad depende del período que se compare y de la confianza que se tenga en categorías administrativas por definición inestables y aplicadas por funcionarios policiales en terreno, me miran con perplejidad. “¿Sabía usted que, más probable que el robo de su auto, es que lo estafen, que lo agreda un miembro de su propia familia, o que lo amenacen?”, agrego, provocadoramente. Además, evocando lo que han dicho algunos especialistas en el cálculo de tasas de robos de vehículos (Brill 1982), explico que el aumento en la cantidad absoluta de robos de autos se debe a que hay más autos circulando, y que cualquier análisis estadístico tiene que ser realizado tomando en cuenta el aumento del parque vehicular.

Frente a este despliegue de erudición sociológica, mis interlocutores me miran con extrañeza e incredulidad. Mis esfuerzos por convencerlos de que el robo de vehículos no es un delito tan usual, o al menos por sorprenderlos, son recibidos con desconcierto, e incluso con cierto desdén. En otras palabras, no me creen. El análisis que les ofrezco es técnicamente más riguroso que el de muchas notas de prensa que, recurriendo a distintas categorías, escalas de observación y períodos de comparación, insisten en utilizar estadísticas para evidenciar una “crisis de seguridad” que ya dan por sentada; y, a pesar de mis intentos por incorporar información que podría, quizás, hacerlos suspender por un segundo sus convicciones, ésta no logran hacer que dejen de estar atemorizados de la posibilidad de que su auto sea robado. Después de hablar de instituciones, de números, de formas de cálculo, de períodos de tiempo y de artículos del Código Penal – “¿estamos hablando de un robo de algo en la vía pública, de un robo con violencia o intimidación, o de la nueva categoría de robo de vehículo motorizado?” –, me doy cuenta de que, de todas maneras, mis esfuerzos no lograrán hacer dudar a mis interlocutores del aumento sostenido de robos de vehículos.

Es más, a juzgar por mi propio comportamiento cuando conduzco un auto por algún lugar oscuro y solitario de la ciudad de Santiago, yo tampoco me creo a mí misma, o a mis propios datos. ¿Y si, esta vez, soy yo la víctima de esos cuantitativamente marginales – mas no por eso imposibles – robos de autos? ¿Y si, a pesar de que los robos violentos de vehículos constituyen solo una fracción del total de robos de vehículos, esta vez sí me toca a mi ser la víctima de uno de ellos? Paradójicamente, a la única evidencia a la que terminamos rindiéndonos en esas conversaciones, mis interlocutores y yo, es a la de la inseguridad y la delincuencia como “no-experiencias de segunda mano” (Seltzer 2004), es decir, como fenómenos que adquieren facticidad gracias a que compartimos con otros el hecho de que no nos hayan pasado. Cuando hablamos de crimen, nos dice Seltzer (2004), no se trata de comunicar una información al respecto, sino que de comunicar que compartimos, con otro, la misma falta de información. De la misma manera en que un símbolo muy real del apoyo a la independencia de Puerto Rico nace de la invasión ficticia de un pueblo ficticio (blog de Emily A. Maguire), y de la misma manera en que Eduardo Romero Dianderas no puede confiar en las perfectamente ordenadas cifras de importación y exportación de un cierto tipo de madera en Perú (blog de Eduardo Romero Dianderas), la referencia a las cifras sobre el robo de vehículos – al “dato duro” – tiene menos que ver con la realidad de la producción de estadísticas oficiales, o su calidad técnica, que con la posibilidad de evocar una misma y común perplejidad al respecto. En este último sentido, los “datos duros” parecen particularmente eficaces para producir “hechos blandos” respecto a la inseguridad y la delincuencia. O, en el vocabulario de esta serie, hechos que “nunca andan solos.”

Esta serie, "Necesarios pero nunca suficientes: Repensando los hechos desde América latina", es una extensión de las reflexiones primero publicadas como un clúster temático en Tapuya, volumen 7 (2024), titulado "The Future of Facts in Latin America".

References

Brill, Harry. 1982. “Auto Theft and the Role of Big Business.” Crime and Social Justice 18, 62–68.

Poovey, Mary. 1998. A History of the Modern Fact: Problems of Knowledge in the Sciences of Wealth and Society. Chicago: University of Chicago Press.

Seltzer, Mark. 2004. “The Crime System.Critical Inquiry 30, no. 3: 557–583.