Photo by Whitney Godoy.

Me duele respirar.

—Álvaro Conrado

(Con traducción al español)

As a daughter of the postwar in Nicaragua, I never thought I would witness a brutal dictatorship like the one my parents and grandparents endured. But right now, for me, it is hard to breathe. I feel like Álvaro Conrado, one of the youngest victims of the protests in my country. I breathe in struggle and death. I’ve been in the streets; I was out there, organizing. It is painful to think that I have the privilege to participate in creating strategy, to think, to write, to migrate, when some of my friends are imprisoned and others killed.

Many reflections emerge in this terrible repetition of a history of dictatorship. Here, I offer a few.

I am a daughter of the postwar period in Nicaragua, one of the millennials who those who fought in the Sandinista Revolution saw as apathetic, apolitical, “social media activists.” They thought we didn’t know how to go out and fight in the streets.

Over the past eight months, my generation has demonstrated just the opposite. We took to the streets to fight against a dictatorship with little more than our Nicaraguan flags. We had little knowledge of how to organize a student movement, much less a political struggle, and we were especially unprepared to defend ourselves against government-sponsored killers.

In the last three months I have also learned how it feels to become a refugee, to lose almost everything, and also to feel solidarity and human love in a much deeper way.

My generation’s lack of experience around political organizing comes from growing up in a postwar context. Since we were kids we have heard the stories of a failed revolution that stole the lives of so many young people, as well as the hope of a new Nicaragua. Depending on a family’s political affiliation, the story varied in tone and substance, but it always shared the same conclusion: the Sandinista Revolution was the only chance for a nation-building project, a unique opportunity to achieve utopia. And it was lost.

I began to ask questions about the Revolution in university classrooms and in activist circles. At home, I encountered an unbreakable silence about the Revolution and its aftermath, about those who died and those who migrated to get away from the disaster. It wasn’t worth trying to talk about “that” because it would mean touching an open wound, because it was already over, because this was a different Nicaragua, and because my parents did not believe that I would ever experience the same thing.

When Daniel Ortega became president in 2006, I was in my last year of primary school. At that time I didn’t understand basic political concepts. I had no idea that another dictatorship was emerging. Today I believe that reflections on our history are more important than ever, for while we may not know the microhistories of the Nicaragua of our mothers and fathers, ever since we took to the streets on April 18, 2018 we now carry the same history in our skin.

We are self-organized, with different identities and demands, but united by a sense of justice and freedom that goes beyond politics, economics, and education. For us, it is a matter of survival. This self-organized movement has taken on an impressive anarchic and collective character, but it has also posed challenges in terms of representation and influence in the traditional political spheres where many crucial decisions are made. After several months of struggle, we are not sure how to move forward. Even so, we continue resisting from wherever we can—especially in the difficult space that is daily life, where the pain is felt deeply in the flesh.

That pain was particularly acute for me on August 25, 2018, when thirty of my colleagues and friends from the student movement were arrested and tortured. Now they face charges of being terrorists. That afternoon I was not with them. I was reviewing the final draft of my thesis, which I would defend the following week. That day changed everything: I went from a safe house into exile with almost nothing but a suitcase.

I arrived in northern Mexico to work in a migrant shelter that adjoins La Bestia, the dreaded train that is the refuge and tomb of thousands of migrants fleeing terror in their own countries only to fall prey to organized crime and the Mexican authorities. La Bestia is a deep source of pain. In these months I have seen hundreds of migrants with their stories and their dreams, many of them scattered from the notorious caravan that fell apart en route. Some of these migrants are young Nicaraguans fleeing the Ortega regime. They ask me questions, and I ask them questions in turn; some questions we share and others are very different. I am grateful for these questions even as answers remain elusive.

After eight months of resistance, solidarity, and exile, I have more questions than when we started: How much more can we resist? Will I go back to Nicaragua and have a home? When the official stories of this insurrection are written, will those of the young people who travel on La Bestia—stories that go against the grain of the official history—be included? How can we sustain an unarmed resistance against a murderous government and somehow avoid another war? Or, to add a question from the young refugees who, on December 21, 2018, turned themselves in to immigration authorities on the Brownsville-Matamoros Bridge: what will happen to us when the Trump administration does not believe us and deports us back to Nicaragua?

Reflexiones de una Hija de la Posguerra

Como hija de la posguerra en Nicaragua, nunca pensé que sería testigo de una brutal dictadura como aquella que mis padres y abuelos enfrentaron. Pero ahora, para mí es difícil respirar. Me siento como Álvaro Conrado, una de las víctimas más jóvenes de la represión gubernamental contra las protestas en mi país. Respiro lucha y muerte. He estado en las calles, junto a mis compañeros, organizando. Es doloroso pensar que mientras tengo el privilegio de trabajar en crear estrategias, pensar, escribir e incluso migrar; mientras algunos de mis amigos están en la cárcel y otros fueron asesinados.

Muchas reflexiones emergen de esta terrible repetición de una historia de dictadura. Aquí ofrezco algunas.

Soy una hija de la posguerra en Nicaragua, una de los millenials que quienes pelearon en la Revolución Sandinista veían hasta hace poco como apáticos, apolíticos, “activistas de redes sociales.” Ellos pensaron que no sabíamos cómo salir y luchar en las calles.

En los pasados ocho meses mi generación demostró lo opuesto. Nos tomamos las calles para luchar contra una dictadura con poco más que nuestras banderas de Nicaragua. Teníamos poco conocimiento sobre cómo organizar un movimiento estudiantil, mucho menos una lucha política, y no estábamos preparados especialmente para defendernos contra los asesinos pagados por el gobierno.

En los últimos tres meses también he aprendido cómo se siente convertirse en refugiada, perderlo casi todo y también sentir la solidaridad y el amor humano de una manera más profunda.

La falta de experiencia de mi generación en torno a organización política viene de haber crecido en un contexto de posguerra. Desde que éramos niños hemos escuchado las historias de una revolución fallida que se robó las vidas de muchos jóvenes, así como la esperanza de una nueva Nicaragua. Dependiendo de la afiliación política de la familia, la historia variaba en tono y sustancia, pero siempre se llegaba a la misma conclusión: la Revolución Sandinista fue la oportunidad para construir un proyecto de nación, una oportunidad única para alcanzar la utopía. Y se perdió.

Empecé a hacer preguntas sobre la Revolución en los salones de clase en la universidad y en algunos círculos de activistas sociales. En casa, al contrario, me encontré con un silencio inquebrantable en torno a la Revolución y sus consecuencias, en torno a la memoria de aquellos que murieron y migraron para huir del desastre. No importaba hablar de “eso” porque hacerlo significaría tocar una herida abierta, porque ya había pasado, porque esta era una Nicaragua diferente, y porque mis padres no creían que yo tendría que experimentar una brutal dictadura como a la que ellos habían tenido que enfrentarse.

Cuando Daniel Ortega tomó la presidencia en 2006, yo estaba cursando mi último grado de primaria. En esa época no entendía conceptos políticos básicos. Y no tenía idea de que otra dictadura estaba emergiendo. Hoy creo que las reflexiones sobre nuestra historia son más importantes que nunca, porque si no conocemos las microhistorias de la Nicaragua de nuestras madres y padres, nos veremos obligados a repetirla, como ha sucedido en las calles de Nicaragua desde el 18 de abril de 2018. Ahora cargamos la misma historia de nuestros padres en la piel.

Somos autoconvocados, con diferentes identidades y demandas, pero unidos por un sentido de justicia y libertad que va más allá de diferencias políticas, económicas y de educación. Para nosotros es una cuestión de sobrevivencia. Este movimiento autoconvocado ha adquirido un impresionante carácter anárquico y colectivo, pero eso también ha supuesto retos en términos de representación e influencia en las esferas políticas tradicionales donde muchas decisiones fundamentales son tomadas. Luego de varios meses de lucha, no estamos seguros sobre cómo seguir. Incluso, continuamos resistiendo desde donde podemos- especialmente en el difícil espacio que es la vida cotidiana, donde el dolor se siente palpitando hondo en carne propia.

Ese dolor fue particularmente agudo para mí el 25 de agosto de 2018, cuando treinta de mis compañeros y amigos del movimiento estudiantil al que pertenezco fueron arrestados y torturados, Ahora siguen arrestados de forma arbitraria y enfrentan cargos por terrorismo, Esa tarde yo no estaba con ellos, me había ido de la reunión para revisar el borrador final de mi tesis, que debería defender la semana siguiente. Ese día cambió todo: pasé de una casa de seguridad al exilio con casi nada más que una maleta.

Arribé al norte de México para trabajar en un albergue de migrantes que queda junto a las vías de La Bestia, ese tren que es refugio y tumba de miles de migrantes que huyen del terror en sus propios países y que luego pueden convertirse fácilmente en presas del crimen organizado o de las autoridades mexicanas corruptas. La Bestia es una profunda fuente de dolor también. En estos meses he compartido con cientos de migrantes sus historias y sus sueños, muchos de ellos eran parte de la notoria caravana que se despedazó en su ruta a Estados Unidos. Algunos de esos migrantes también son jóvenes nicaraguenses que huyen del régimen de Ortega. Ellos me hacen preguntas, yo les pregunto a ellos; tenemos preguntas en común y preguntas diferentes. Estoy agradecida con sus cuestionamientos aunque responderles ahora me es imposible.

Luego de ocho meses de Resistencia, solidaridad y exilio, tengo más preguntas que cuando comenzamos: Cuánto más podremos resistir? Volveré a Nicaragua y a tener un hogar? Cuando la historia oficial de esta insurrección sea escrita, las historias de los jóvenes que viajan en La Bestia- historias a contrapelo de la oficial- serán incluidas? Por cuánto más tiempo se puede sostener una resistencia pacífica contra un gobierno asesino solo para evitar otra guerra? Y, para añadir una pregunta de uno de los jóvenes refugiados que el 21 de diciembre de 2018 se entregó a las autoridades migratorias estadounidenses en el Puente Internacional Matamoros-Brownsville: Qué pasará con nosotros si el gobierno de Trump no nos cree y nos deporta a Nicaragua?